Marco histórico de la Universidad de Paris , siglo xiii




Las deficiencias que presenta la Declaratio Raimundi como documento susceptible de ser utilizada para la comprensión de la condena parisina de 1277 responden a la inadecuación teórica de la obra. Esta inadecuación se ha visto reforzada por el hecho de que su interpretación ha seguido un rumbo distinto del de los estudios sobre el edicto, en tal medida que a partir de la década de 1960 se convirtieron en dos rutas de investigación separadas. No obstante, en la década de 1990 empezaron a surgir estudios que profundizaban en dos cuestiones: los hechos históricos que rodean tanto la condena de 1277 y las décadas de 1280 y 1290; y la posibilidad de separar doctrinalmente la condena parisina de 1277 de la lucha contra el averroísmo. Estos estudios permiten replantear el objeto y el significado de la Declaratio Raimundi y, aunque no implican una revalorización de la importancia de esta obra para el estudio de fuentes e identificaciones, condicionan su relación con el contexto y sus posibilidades explicativas de la realidad del último tercio del siglo XIII.

La expresión “crónica de una condena anunciada”resumía el proceso iniciado a comienzos del siglo XIII y que había dado lugar al edicto de 1277: la prohibición del arzobispo de Sens Pierre Corbeil en 1210 de enseñar y leer públicamente los libros de filosofía natural de Aristóteles; la prohibición, en 1215, del legado pontificio para la reorganización del curso escolar Robert de Courçon, de leer la filosofía natural y la Metafísica de Aristóteles, así como las paráfrasis de Avicena; la recomendación a los maestros de artes de 1228, hecha por Gregorio IX, de atenerse a las lecturas cristianas, acompañada ésta de una crítica a los theologi philosophantes; el conflicto y las huelgas universitarias de 1229 a 1231; la validación, en 1231, de la prohibición hecha por Gregorio IX mediante la bula Parens scientiarum; el desafío de la Nación Inglesa al sancionar jurídicamente la enseñanza de Aristóteles en los estudios de artes;  los cursos que, entre 1241 y 1247, impartió Roger Bacon sobre Aristóteles; la inscripción definitiva en 1252 del De anima de Aristóteles como lectura obligatoria para la determinatio; la inscripción, en 1255, del resto de obras del Peripatético; y la condena que, el 10 de marzo de 1270, firmó el propio Esteban Tempier y que afectaba a un total de 13 tesis contrarias a la fe cristiana. Esta estructura explicativa reposa sobre un modelo de continuidad, en donde se toman como referencia tres grandes líneas en torno a las cuales se organizan los acontecimientos del siglo XIII: 1) la recepción del pensamiento antiguo, en la que se incluyen a) la translatio studiorum o proceso por el cual las bibliotecas de Oriente se trasladan al Occidente latino y b) la recepción de los autores árabes, concebidos a sí mismos como los continuadores de la filosofía griega; 2) los cambios acontecidos en el sistema educativo, que incluyen a) el surgimiento y la consolidación del sistema universitario y de colegios vinculados, b) la aparición de una nueva clase intelectual desvinculada del mundo eclesiástico, que solicita acceso a la formación y la enseñanza y que se abre a nuevas ideas, c) las luchas por el control y el dominio de las universidades, en las que participan maestros, facciones, naciones e instituciones laicas y eclesiásticas, y d) la necesidad de definir unos elementos homogéneos que constituyan el núcleo de los planes de estudio; y 3) las discusiones de carácter general que se producen en la época y que afectan a los ámbitos doctrinales, éticos, epistemológicos y de redefinición del lugar de la filosofía en el marco genérico de las ciencias. Este modelo da como resultado la división del siglo XIII en cuatro etapas: las luchas contra el aristotelismo de inicios de siglo; la defensa del aristotelismo que tiene lugar a mitad de siglo; la culminación de las discusiones en las condenas del tercer tercio del siglo XIII; y un período final de estabilidad. A partir de 1990 surgieron una serie de estudios que ponían en duda esta imagen continuista del siglo XIII e introducían elementos para considerar un modelo histórico de discontinuidad. Este nuevo modelo implicaba abordar el estudio de esta época no a partir de cuestiones que perduran a lo largo de todo el siglo, sino de discusiones que aparecen y desaparecen en determinados contextos y momentos. Dos de estos elementos adquieren aquí especial importancia: a) la unificación de las condenas de 1270 y 1277, con la consiguiente definición de la segunda como el final de una época y no como su inicio; y b) la aparición de una nueva crisis entre Iglesia y Universidad que se concretaría en la década de 1290, período considerado habitualmente como de estabilidad. 

a) Aunque ambas fueron emitidas por Tempier, las condenas del 10 de diciembre de 1270 y del 7 de marzo de 1277 habían sido por lo general analizadas por separado. Por la historia del obispo y su relación con la Universidad de París, tiende a considerarse que la condena de 1270 estaba orientada contra el núcleo del averroísmo latino, mientras que la de 1277 responde a la preocupación por la expansión de determinadas ideas, tal como lo había expresado Juan XXI. Siempre ha llamado la atención, sin embargo, la rapidez del proceso que siguió a la misiva del Pontífice. A. de Libera puso sobre la mesa, en este sentido, tres argumentos por los cuales no podía atribuirse a la condena parisina de 1277 una rapidez y desorganización tal como se le suponía: primero, que es imposible reunir una comisión, revisar escritos y confeccionar un catálogo de tal magnitud en tan breve tiempo, más aún teniendo en cuenta lo problemática que se sabía suscitaría en casos como la posible inclusión de tesis de Tomás de Aquino; segundo, que el catálogo de artículos no carece de totalmente de orden interno, sino que, como demuestran los órdenes introducidos por Charles du Plessis d’Argentré y P. Mandonnet, éstos se agrupan en temáticas e ideas comunes; y tercero, que si se tiene en cuenta el significado de los artículos en la época en la que fueron compuestos, es posible encontrar los núcleos estructurales de los 219 que forman la condena de 1277 en los 13 que constituyen la de 1270, lo cual explicaría la vinculación de ambas con la lucha contra el aristotelismo. Aunque esta concepción se remonta, entre otros, a los trabajos de A. de Libera, fueron los estudios de W. J. Courtenay los que ofrecieron una evidencia histórica. Después de rastrear la defensa de estas proposiciones, este autor constató que ningún autor cercano a la Universidad de París las había defendido durante la década de 1280. Es más, ni siquiera en centros en los que el aristotelismo tuvo importancia, como Italia o Inglaterra, podían identificarse defensores de las doctrinas condenadas. De hecho, las únicas referencias positivas a los artículos aparecen en autores menores y dispersos por la cuenca del Rhin y en el seno de comunidades que no guardan relación alguna con el mundo intelectual. Realidad que debería haber sido la contraria si la condena parisina de 1277 hubiera tenido la importancia que se le supone y que hubiera realmente respondido a una lucha de la época. De este modo, W. J. Courtenay consideró, coincidiendo con A. de Libera, que la condena de 1277 habría cerrado un ciclo y no formaría parte de un proceso: sería un colofón final que sancionaría un período que ya había terminado y que había tenido su punto más álgido en la crisis de la década de 1260 y que había culminado en la condena de 1270. La ausencia de más condenas después de 1277, actos manifiestos de censura contra maestros o procesos abiertos que siguieran la misma línea pone de relieve, asimismo, la no necesidad de tomar medidas dada la inexistencia de un conflicto importante. b) Basándose en la tesis de J. Le Goff, según la cual todo hecho intelectual que acontece en el mundo medieval debe tener su correlativo histórico o social, W. J. Courtenay analizó asimismo los acontecimientos que se producen en París desde la década de 1280 y hasta finales de siglo. Este análisis puso de relieve dos hechos por igual importantes y cuyas raíces se encontraban en la década de 1280, si bien cristalizaban en la de 1290: la separación definitiva entre la Iglesia y la Universidad; y la igualdad de las facultades de artes y de teología. El primer hecho tiene su origen en la transformación radical de la Iglesia parisina que Giacomo Gaetani Stefaneschi, cardenal diácono, impulsó. El capítulo catedralicio y la universidad habían estado unidos desde sus inicios, hasta el punto que maestros no ordenados participaban en él. El cardenal Gaetani expulsó a los maestros del capítulo catedralicio y cortó la relación: los maestros sólo podrían ser consultados, pero nunca tendrían derecho a voto o decisión. La facultad de teología perdió entonces una parte importante de su superioridad ascendencia y legitimidad, pues no participaba de la corrección de la doctrina. Un segundo acontecimiento fue, según W. J. Courtenay, la redistribución de la estructura económica de la Universidad. En 1281, los franciscanos habían obtenido una serie de prerrogativas y exenciones de impuestos, dada su vinculación con la enseñanza, régimen económico al que quisieron acceder el resto de órdenes y maestros. A lo largo de las décadas de 1280 y 1290 este régimen económico se  extendió al conjunto de la universidad, a la vez que cambiaba su financiación. Si antes la economía universitaria procedía de la Iglesia, durante este período se fue diversificando. El resultado fue que la facultad de teología perdió también su ascendiente económico, por lo que, llegado el final de la década de 1290, el Canciller y el Rector disponían de un poder equivalente. La identificación de estos dos elementos induce, en consecuencia, a considerar que el modelo de explicación continuista no refleja del todo la realidad de la época. 

El hecho de que con la condena parisina de 1277 se cierre un período de discusiones que se habían iniciado a comienzos del siglo XIII y que, tras ella, no continúen las discusiones en este sentido, permite dar por concluida, aunque no cerrada del todo, una etapa. La aparición de los nuevos focos de discusión, por completo distintos del resto, provoca a su vez un cambio en la percepción de la realidad del último tercio de este siglo. En efecto, los problemas que deben afrontarse son completamente nuevos, puesto que desde su fundación la Universidad de París nunca se había enfrentado a una separación de tal magnitud con el capítulo catedralicio y, además, siempre había mantenido su ascendiente sobre el resto de facultades que la conformaban. En este sentido, la pérdida de poder no sólo implicaba situarse al mismo nivel que la facultad de artes, sino que teniendo en cuenta las disensiones anteriores y sus reivindicaciones, lo que se ponía en duda era el sistema en sí mismo. El resultado es, en consecuencia, que llegado 1297, año en el que Ramón Llull realiza su segunda estancia en París, existen serias dudas sobre la viabilidad de la estructura.

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